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Niña salvadoreña de 10 años guió a sus padres no videntes hasta México

Aurora y Alfredo, una pareja de no videntes, y su pequeña hija de 10 años, se convirtieron en migrantes que abandonaron El Salvador obligados por la violencia. La niña tuvo que ver el camino por los tres.

La periodista Anne-Katrin Mellmann, del periódico alemán ADR, se encontró a los salvadoreños sentados en dos sillas blancas en un albergue católico en la ciudad de México. Los cónyuges tuvieron que abandonar su hogar. La razón: las bandas juveniles, conocidas como maras o pandillas, amenazaron a Aurora y Alfredo, debido a que no podían pagar el dinero exigido por las pandillas como renta, a cambio de protección.

La pareja dirigía una humilde sala de masajes en San Salvador. También exigían que la casa se convirtiera en un centro de ventas de drogas.

Una noche tortuosa

Una noche los miembros de las maras invadieron su casa y atacaron con armas de fuego. “Sonidos que no olvidaré en la vida”, dice Alfredo. «Afortunadamente la policía llegó a tiempo, a mi esposa y mi hija tenía que darles tranquilizantes por los nervios…ellas se habían escondido debajo de una cama. La policía nos puso en camillas y nos cubrieron con toallas blancas, para fingir que estábamos muertos. Porque afuera de la casa los pandilleros estaban merodeando para ver lo que pasaba”. La policía se los llevó finalmente y les aconsejó a huir a México, según relatan.

Así como Aurora y Alfredo dejaron El Salvador, decenas de miles de salvadoreños abandonaron su tierra natal en los últimos años, muchos debido a la violencia. El Salvador es considerado como uno de los países más peligroso del mundo por los altos niveles de violencia, fuera de las zonas de guerra.

La familia cruzó la frontera a Guatemala, luego a México sin dinero, sin papeles válidos. «Siempre tuvimos miedo a ser descubiertos», dice la no vidente Aurora. «Para nosotros es más peligroso que otros refugiados, porque no podemos ver a los criminales. No somos capaces de ver, si alguien tiene la intención de atacarnos o robarnos. Sólo con la ayuda de Dios y con la ayuda de nuestra hija, que hemos llegado hasta aquí», dice Aurora.

«Cuando teníamos hambre, tuvimos que soportar»

Gabriela es a sus 10 años una chica activa. Sus ojos marrones graves vieron para tres. «Desde el autobús hay un montón de cosas que se ven», dice acerca de la odisea de una semana de duración. «Los árboles, gatos, perros y conejos en los campos. Hemos pedido a los conductores de camiones y autobuses que nos lleven, si teníamos hambre, hemos tenido que soportar, por eso hemos venido aquí». Por primera vez habla con un extraño en el viaje. “En México, la gente a veces nos ha dado comida”, dice Gabriela.

Para la encargada del albergue para migrantes, María Magdalena Silva, no es de extrañar. “Aquí, es una de las zonas más pobres de la Ciudad de México, los vecinos llaman a la puerta todos los días para entregar alimentos y ropa o para ofrecer ayuda. Si una persona pide refugio lo apoyamos».

Las autoridades, sin embargo, tienen otras experiencias: «Los funcionarios de migración, los agentes de policía son los que los golpean, extorsionan, roban, y secuestran. Los mexicanos sabemos el destino de los refugiados, ya que millones de ellos han ido a los Estados Unidos”, añade Silva.

«Las personas que huyen para salvar sus vidas»

La familia de Gabriela y sus padres se refugió en su camino “de refugio en refugio para migrantes”. En la última etapa de la Ciudad de México les ayudó la agencia de refugiados ACNUR, de Naciones Unidas, la más comprometida con el país norteamericano debido a que desde Centroamérica llegan a México no sólo migrantes que viajan para trabajar en los Estados Unidos, sino porque cada vez más refugiados huyen de la violencia, dijo Mark Manly, de ACNUR.

«El perfil humano ha cambiado hoy en día salen de sus países de origen, como El Salvador, Honduras y Guatemala para poner a salvo principalmente sus vidas. Hace unos cinco años, especialmente hombres jóvenes, que viajaban solos vinieron (porque iban por trabajo a Estados Unidos). Ahora hay niños con sus padres, familias enteras y mujeres solteras».

Según la UNIFEC, que acaba de publicar un informe titulado Sueños Rotos, miles de salvadoreños, hondureños y guatemaltecos huyen de sus países por la violencia que generan las pandillas, el narcotráfico y el crimen organizado, pero también por la pobreza y la falta de oportunidades.

Según datos oficiales, en 2015 aumentó en 136 por ciento el número de personas que pidieron asilo en México con relación al año anterior, como Aurora, Alfredo y Gabriela. Ello tuvieron suerte y su solicitud de asilo ha sido concedida. Otras 20.000 personas de Centroamérica no tuvieron suerte y fueron deportadas a sus países.

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